Ciudad de México - La infancia indígena bajo desaparición y reclutamiento en Nayarit / Agencias Noticias
Ciudad de México | 06 May 2026 - 11:44hrs
“Siguen llevándose niños”, dice Arnulfo Carrillo, quien pidió que le cambiáramos el nombre por temor a represalias, mientras busca su teléfono en la bolsa tejida a usanza náayeri que lleva cruzada al pecho. Resalta por sus colores chillantes, borlas de estambre y flores bordadas en punto de cruz que atraviesan la tela.
De ahí saca el teléfono con el que muestra fotografías y videos que tomó cuando los jóvenes “borrados” pasaban frente a él durante la pasada Sumu’uavika, representación náyeri de la Semana Santa en Presidio de los Reyes, en la sierra de Nayarit.
Los “borrados” son jóvenes y niños que participan en la ceremonia con el cuerpo “pintado” con ceniza de olote mezclada con agua, una práctica ritual en la que la identidad humana se borra para representar la transformación en seres que encarnan el mal que, durante tres días, recorren las comunidades bajo esta figura.
La Semana Santa na’ayeri o Judea Cora es una fiesta ancestral previa a la llegada de los españoles, vinculada a la fertilidad, la lluvia, el maíz y la salud comunitaria. “Es una fiesta de protección para nosotros como pueblos originarios”, señala. Ni siquiera durante la pandemia fue suspendida, al considerarse parte de la continuidad cultural del pueblo.
Sin embargo, en los últimos años el ritual también ha servido para expresar inconformidades. Ante el anuncio de la construcción de la presa Las Cruces sobre el río San Pedro, jóvenes participaron en la Sumu’uavika con cascos y símbolos de la Comisión Federal de Electricidad, o incluso disfrazados de virus, como forma de rechazo.
“Quien no entiende la cosmovisión puede pensar que están a favor, pero es lo contrario”, explica. En ese sentido, las representaciones —incluida la figura de “sicarios”— funcionan como una forma de pedir que el mal se retire de sus comunidades.
En la pantalla aparece una hilera de cuerpos ennegrecidos avanzando por caminos de tierra. La procesión va en silencio, niños y jóvenes vestidos con gorra negra, lentes oscuros y un paliacate blanco amarrado en forma de triángulo sobre la cabeza.
Entre la fila cargan palos y cartones recortados que simulan armas. En algunos casos visten ropa similar a la de grupos del crimen organizado, una práctica que en los últimos años se ha incorporado a este ritual en una región marcada por la violencia.
Algunos llevan sombreros con tiras de papel de colores y máscaras de animales elaboradas con cartón. Brotan cuernos, hocicos largos o chatos que les dan una apariencia de figuras demoníacas.
Entre la procesión, destaca un joven con sudadera de textura verde militar, carga una espada de madera y un banderín de papel blanco en el que escribió: “Me morí en Guerra”. Marranos.
Detrás y delante de él avanzan otros jóvenes con ropa y apariencia uniforme, los pies de algunos todavía calzan huaraches, mientras que otros los enfundan en botas de tácticas, coloridas por el polvo.
Arnulfo recalca que el reclutamiento de menores continúa y que muchos de los jóvenes crecen con la aspiración de ser soldados o marinos, pero cuando no logran entrar —por edad o falta de preparación— buscan otra forma de tener armas. “Quieren armas. Ese es el chiste”, resume.
Explica que el proceso suele empezar desde edades tempranas, con consumo de drogas en la secundaria y puntos de venta que, asegura, operan incluso cerca de escuelas. “Los jóvenes quedan expuestos y se vuelven presa fácil”. Relata que primero llegan con promesas de trabajo, de apoyo, de dinero; después, vienen los entrenamientos y la imposición de una cultura: la de la muerte.
“Primero les dicen que los van a ayudar. Luego los obligan, los entrenan y los mandan a pelear con otros grupos”, e insiste en que no se trata de casos aislados, sino de movilidad entre comunidades y zonas de conflicto. Habla de menores de entre 10 y 16 años. Menciona que son de Presidio de los Reyes, San Pedro y San Juan Corápa, donde calcula que podrían ser entre 40 y más de 50 los jóvenes reclutados en los últimos años, una cifra que considera alta para poblaciones pequeñas.
La infancia “borrada” en los registros de violencia
En Nayarit, durante 2025, se registraron 12 víctimas de entre 0 y 17 años en la categoría de “otros delitos que atentan contra la libertad personal”, 18 casos de corrupción de menores y 32 víctimas de homicidio, de acuerdo con cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) recogidas por la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM).
A nivel nacional, con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), estima que entre 145 mil y 250 mil niñas, niños y adolescentes en el país están en riesgo de ser reclutados o utilizados por grupos delictivos.
REDIM advierte además que el reclutamiento no cuenta con una tipificación penal específica, por lo que los casos suelen registrarse bajo delitos como trata de personas, corrupción de menores o desaparición.
El origen de esta situación, explica, se remonta a años en los que la siembra de amapola y la venta de goma dieron mayor presencia a grupos criminales en la región. Con ese auge, afirma, algunos jóvenes empezaron a verlos como referencia o modelo. “Querían ser como ellos”, asegura. Pero advierte que esa ruta no tiene retorno. “Quien se mete ahí ya no sale”.
Mientras sigue pasando las imágenes en su teléfono, habla también del entorno social que permite este fenómeno. Señala el consumo de drogas desde edades tempranas, la debilidad en la supervisión familiar y la pérdida de control comunitario.
“Los padres muchas veces no denuncian por miedo a represalias y si denuncias, te va mal a ti o a tu familia y a eso se suma la desconfianza en las autoridades y la percepción de que no hay a quién acudir”, describe además la presencia constante de grupos armados en la zona, los recorridos, las camionetas, los hombres encapuchados. Recuerda que al principio no sabían quiénes eran, pero con el tiempo empezaron a reconocerlos como jóvenes de las mismas comunidades.